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Más de veinte años invirtiendo me han enseñado una cosa incómoda: las reglas simples que soy capaz de sostener me han servido mucho más que las estrategias sofisticadas que acababa siguiendo a medias. No porque sea más listo que el mercado, que no lo soy, sino porque me he quitado a mí mismo la posibilidad de tomar decisiones impulsivas en el peor momento. Estas son las reglas que sigo, por qué las sigo, y qué me costó no tenerlas antes.
Un aviso para que no te líes si has leído las dos cosas: aquí cuento el comportamiento, que es la parte que me ha costado dinero aprender. Los topes concretos, con sus números y con qué me haría romper cada uno, están en El Sistema Completo, que es el documento que mantengo actualizado. Si los dos dijeran cosas distintas, manda ese.
Índice
- Regla 1: aportaciones periódicas, pase lo que pase
- Regla 2: una asignación de activos decidida en frío
- Regla 3: cuándo (no) vender
- Regla 4: tres bloques, cada uno con su función
- Regla 5: rebalancear una vez al año
- Regla 6: la fiscalidad primero
- Por qué esto funciona mejor que «ser más listo»
- Preguntas interesantes
Regla 1: aportaciones periódicas, pase lo que pase
Aporto una cantidad fija cada mes, de forma automática, independientemente de lo que esté haciendo el mercado. No intento «esperar a que baje» ni «meter más cuando suba». La automatización no es pereza: es una defensa contra mi propio cerebro, que en caliente siempre encuentra excusas para no aportar cuando el mercado da miedo (que es justo cuando más conviene). El porqué, con datos, en DCA o aportación única.
Para que quede claro que no es teoría: llevo desde 2021 sin fallar ni una sola aportación, ajustando el importe a mi capacidad de ingresos de cada momento pero sin saltarme ningún periodo por ninguna razón. Antes de eso tuve épocas de aportación automática mezcladas con ingresos puntuales cuando me acordaba, y la diferencia entre las dos etapas se nota.
Hay un detalle que convierte esta regla en algo más que constancia: todo el dinero nuevo va al núcleo indexado. A la cartera de acciones no entra ni un euro. No es desidia ni falta de ideas. Es el mecanismo: la parte activa crece solo acumulando valor, mientras el núcleo crece acumulando y recibiendo aportaciones, así que la proporción entre las dos converge sola hacia donde quiero sin que tenga que vender nada ni pagar plusvalías por el camino.
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Regla 2: una asignación de activos decidida en frío
Decido el reparto entre regiones y clases de activo con la cabeza fría, no en caliente tras leer una noticia alarmante. La asignación de activos (cuánto en renta variable, cuánto en renta fija, cómo repartir por geografía) explica la mayor parte del resultado de una cartera a largo plazo, muy por encima de la selección concreta de valores.
El reparto exacto que uso hoy está siempre visible en Mi Cartera, y la lógica de fondo la desarrollo en Cartera Pasiva. Lo importante es que esa decisión está tomada de antemano y escrita, no la improviso cada mes.
Dos cosas que aprendí tarde y que hoy forman parte de la regla. La primera: digo contra qué me mido antes de medirme, y es el MSCI ACWI IMI. Si no lo declaras antes, siempre puedes encontrar a posteriori un índice que te dé la razón. El peso objetivo de cada región sale de ese índice más las desviaciones que decido a propósito, y la gracia de trabajar así es que cada desviación tiene que justificarse: no acabo con un peso raro en una región porque sí.
La segunda: la renta fija no la mido en porcentaje, la mido en años de gastos. Que sea un 20% de la cartera no me dice nada; saber cuántos años puedo vivir sin tocar la bolsa, sí. Mi objetivo son cuatro años, uno en un fondo monetario y tres en renta fija, y todavía me falta bastante para llegar. Es lo que me permite llevar el resto en renta variable sin que una caída del 30% me obligue a hacer nada.
Regla 3: cuándo (no) vender
La parte indexada de mi cartera prácticamente no la vendo nunca: solo rebalanceo. Las acciones individuales sí las vendo, pero solo cuando cambia la tesis original que me llevó a comprarlas (el negocio se deteriora de forma estructural, o el precio ya refleja de sobra el valor que veía), nunca por una caída puntual del precio sin que haya cambiado nada del negocio.
Vender por pánico en una caída es, con diferencia, el error más caro y más común que veo cometer. A mí no me pasó, aunque tampoco por mérito propio: con la crisis de 2008 lo que hice fue cerrar el broker y no volver a abrirlo en años, sencillamente porque no quería ver aquello. Cuando volví, la cartera estaba en beneficios. Lo cuento sin adornos en los errores que he cometido invirtiendo. La diferencia entre «el precio ha bajado» y «la tesis se ha roto» es la que separa una oportunidad de un error.
Hay una versión de esta regla que casi nadie escribe, y es cuándo dejaría de elegir acciones del todo. Si defiendo la indexación y a la vez elijo empresas, lo mínimo es decir de antemano qué me haría dejar de hacerlo. Lo tengo puesto por escrito, con su índice, una ventana de cinco años y unos umbrales concretos, en El Sistema Completo. El reloj está en marcha desde este año.
Regla 4: tres bloques, cada uno con su función
Durante años dije que tenía dos carteras, la pasiva y la activa. Hoy son tres bloques, y cada uno está ahí por un motivo distinto. El núcleo indexado busca la rentabilidad del mercado con el mínimo esfuerzo de gestión, y dentro de él vive el colchón. La cartera activa —las acciones que elijo yo, más las opciones que vendo sobre ellas— busca batir al mercado asumiendo más riesgo. Y la inversión alternativa —oro y bitcoin— está para comportarse distinto de la bolsa justo cuando la bolsa se comporta mal.
Las opciones van dentro de la cartera activa y no aparte. Contarlas por separado era una ficción contable: solo vendo opciones sobre empresas que quiero tener o que ya tengo, así que al escribir una put estoy decidiendo una posición en acciones, me asignen o no.
La separación cumple una función psicológica clave: si la parte activa lo hace mal, no contamina mi confianza en el plan general ni me tienta a «arreglarlo» tocando el núcleo.
Y cumple otra más práctica, que es el techo. La cartera activa nunca puede valer más que la parte de renta variable del núcleo indexado. Dicho de otra forma: nunca tengo más dinero en acciones que elijo yo que en renta variable indexada. Me gusta ese techo, y no un porcentaje fijo, porque se ajusta solo: si la bolsa cae, la renta variable indexada baja y el techo de la parte activa baja con ella, sin que yo tenga que recalcular nada ni decidir nada en caliente.
El objetivo es que la activa pese en torno a la cuarta parte de mi patrimonio financiero, que es lo mismo que decir que el núcleo valga el triple. Pero conviene no confundir las dos cosas: eso es un objetivo, no un tope. Si me paso, no vendo posiciones ganadoras para cuadrar un número que me he puesto yo mismo, porque sería pagar plusvalías y frenar justo lo que está funcionando. Corrijo dirigiendo al núcleo el dinero nuevo, las primas y los dividendos, y mientras tanto convivo con la desviación. Hoy estoy por encima del objetivo y por debajo del techo, que es exactamente la situación que el sistema tolera.
El reparto exacto entre los tres, actualizado, está en Mi Cartera.
Regla 5: rebalancear una vez al año
Una vez al año reviso si alguna pata se ha desviado demasiado de su peso objetivo, y la corrijo mediante traspasos entre fondos (sin coste fiscal, como expliqué en fondos indexados vs. ETFs en España). Ni más frecuente, porque generaría ruido y decisiones impulsivas, ni menos, porque dejaría que el reparto se alejara demasiado del que decidí en frío.
El rebalanceo tiene un efecto contraintuitivo y saludable: te obliga a vender un poco de lo que más ha subido y comprar un poco de lo que se ha quedado atrás. Es «comprar barato y vender caro» convertido en un proceso mecánico, sin necesidad de acertar el momento.
Con un matiz que tardé en entender: el rebalanceo actúa solo dentro de la renta variable. El colchón no se rebalancea, porque no está definido como un porcentaje sino como una cantidad de años de gastos. Si voy corto, simplemente acumula hasta llegar al objetivo; no tiene sentido devolverlo a un porcentaje que no es su regla. De hecho las dos cosas son incompatibles por definición: si mantienes un número fijo de años aparcados, su proporción sobre el resto crece sola conforme el resto se va consumiendo.
Y la desviación que me hace actuar es de un 20% relativo, no de 20 puntos: si una pata debe pesar un 15%, la banda va del 12% al 18%. Fuera de esa banda, corrijo. Dentro, lo dejo estar.
En la práctica, esta revisión la hago a final de año, en las vacaciones de Navidad, que es cuando tengo cabeza para sentarme con calma. Y mi criterio es hacer los mínimos cambios posibles: si puedo corregir la desviación simplemente ajustando el destino de las aportaciones mensuales de los meses siguientes, prefiero eso antes que traspasar. Si puedo evitar un traspaso de fondos, lo evito. Si puedo evitar vender acciones, lo evito también, aunque ahí la decisión suele ser más meditada.
Regla 6: la fiscalidad primero
Vivo en España, así que estructuro la cartera para aprovechar sus reglas: fondos traspasables para diferir impuestos, acumulación en vez de dividendos donde tiene sentido, y aprovechamiento de las pérdidas para compensar ganancias. Un punto de rentabilidad extra es difícil de conseguir; un punto de eficiencia fiscal está al alcance de cualquiera que entienda las reglas (ver fiscalidad de las inversiones en España).
Hay un efecto del que se habla poco y que a mí me condiciona bastante: cuando llevas años con una acción que acumula plusvalías importantes, te sientes cautivo de ella. Si aparece una empresa que quiero incorporar y para hacerle sitio tengo que vender otra que me gusta menos pero va cargada de ganancias, la factura fiscal me frena. No es que no pueda hacerlo, es que la operación tiene que compensar también ese peaje.
Mucha gente no lo tiene en cuenta al empezar, y para mí es determinante a la hora de elegir en qué vehículos invierto y cómo reparto el capital. Los fondos traspasables no tienen ese problema, y esa es una de las razones de peso por las que el núcleo de mi patrimonio está en fondos y no en acciones.
Por qué esto funciona mejor que «ser más listo»
Ninguna de estas reglas depende de acertar qué va a hacer el mercado el mes que viene. Dependen de la constancia, de un plan decidido con antelación, y de quitarme a mí mismo la posibilidad de tomar decisiones impulsivas en el peor momento, que es, según toda la evidencia que conozco, la principal razón por la que a los inversores particulares les va peor que a los propios fondos en los que invierten. Profundizo en esto en psicología del inversor.
No son reglas originales ni sofisticadas, y esa es precisamente la gracia. Lo difícil no es entenderlas: es seguirlas cuando el mercado se pone feo y todo tu instinto te grita que hagas algo. Tener las reglas escritas de antemano es lo que me permite no hacerlo.
Preguntas interesantes
¿No es aburrida esta estrategia?
Sí, y es una virtud. Mi estrategia es aburrida a propósito, y para mí eso es una virtud: cada vez que he buscado emoción en los mercados, me ha salido cara. La parte «divertida» de analizar empresas la canalizo en la cartera activa acotada, precisamente para que no interfiera con el plan principal.
¿Estas reglas valen para cualquiera?
La filosofía sí (constancia, plan en frío, bajo coste, eficiencia fiscal); los detalles concretos, no necesariamente. Tu horizonte, tu tolerancia al riesgo y tu situación fiscal son tuyos. Toma esto como un marco, no como una receta a copiar sin adaptar.
¿Qué haces en una caída fuerte del mercado?
Seguir el plan: mantener las aportaciones automáticas, no vender el núcleo indexado, y ver la caída como aportaciones que compran más barato. Lo tengo decidido de antemano precisamente para no improvisar en pleno miedo.
¿Quieres ver estas reglas aplicadas a números reales? Cada mes publico cómo ha ido mi cartera y qué decisiones he tomado.
Ver el seguimiento mensual



