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Conocer los sesgos no te inmuniza contra ellos. Llevo veinte años invirtiendo, me sé la lista de memoria y aun así hay uno que sigo teniendo hoy, mientras escribo esto, sin haberlo resuelto.
Este artículo no es la típica lista de sesgos copiada de un manual. Son los cinco que me han costado dinero, tiempo o rentabilidad a mí, con lo que hice mal en cada uno y lo poco que he aprendido a hacer para defenderme.
Índice
Apostar al rojo, pero con gráficos
Hubo una época en la que compré acciones basándome en análisis técnico. Y cuando digo análisis técnico no me refiero a nada sistemático: me refiero a mi interpretación mágica de unos gráficos, después de haber leído cosas sueltas aquí y allá.
Miraba una línea, decidía que aquello significaba algo, y le daba a la tecla de comprar. Era un salto de fe. Apostar al rojo en la ruleta, pero con la ceremonia de un gráfico delante para que pareciera un análisis.
El sesgo aquí tiene nombre: ilusión de control. El cerebro humano es una máquina de encontrar patrones, y encuentra patrones también donde solo hay ruido. Si le pones a alguien una serie de precios aleatoria, verá soportes, resistencias y figuras con nombre propio. La sensación de estar analizando algo es indistinguible de estar analizando algo de verdad, y esa es exactamente la trampa.
Lo que me salvó no fue la lucidez, fue la cautela: nunca metí cantidades importantes. Siempre he sido prudente con mi propia ignorancia, y eso me ha ahorrado más dinero que cualquier acierto. Si vas a hacer algo que no entiendes del todo, que al menos sea con una cantidad que puedas perder entera sin que te cambie el año.
No estoy diciendo que el análisis técnico sea humo para todo el mundo. Digo que en mis manos, con mi nivel de conocimiento de entonces, era humo. Y que la diferencia entre una herramienta y una superstición está en si sabes por qué debería funcionar.
Aversión a las pérdidas: por qué duele el doble
Kahneman y Tversky lo midieron: perder 100 € duele aproximadamente el doble de lo que alegra ganar 100 €. No es una forma de hablar, es una asimetría medida en laboratorio que explica media docena de comportamientos que veo en mí y en todo el mundo.
Sus consecuencias prácticas:
- Vendes lo que sube y aguantas lo que baja. Realizar una ganancia se siente bien; realizar una pérdida es admitir que te equivocaste. Así se acaba con una cartera llena de perdedores.
- No inviertes el dinero que tienes parado. Porque la pérdida posible pesa más en tu cabeza que el coste, invisible pero real, de la inflación y el tiempo perdido.
- Miras la cartera todos los días. Y cuanto más la miras, más pérdidas ves en el corto plazo, y más te duele. La frecuencia con que consultas tu cartera juega en contra de la rentabilidad que acabas obteniendo de ella.
Este sesgo me costó cinco años con el dinero parado en una cuenta corriente esperando el momento adecuado, que es la historia que cuento en el artículo sobre monetarios y letras. No perdí dinero en el sentido contable. Perdí cinco años de mercado, que es peor.
FOMO: comprar en el mismo momento en que decides que te gusta
El FOMO no aparece cuando lees el informe anual de una empresa. Aparece cuando ves que algo lleva tres meses subiendo, todo el mundo habla de ello y tú no lo tienes. Y ahí el cerebro no está evaluando un negocio: está evaluando la sensación de quedarse fuera.
Mi regla contra esto es una sola, y es la más barata de aplicar de todas las que tengo: jamás compro una acción en el mismo momento en que decido que me gusta. Siempre dejo pasar un tiempo para que la idea madure.
No es una regla sofisticada ni tiene ninguna base teórica elegante. Separa el momento del entusiasmo del momento de la decisión, y con eso basta para que buena parte de las ideas se caigan solas. Las que sobreviven a un par de semanas de reposo suelen ser bastante mejores que las que me parecían urgentes.
El corolario incómodo es que voy a dejar pasar operaciones buenas. Y lo acepto. No me pasa nada por perderme cosas: va a haber una oportunidad nueva cada semana durante los próximos cuarenta años. La que se escapa no vuelve, pero viene otra.
La cámara de eco: el sesgo que todavía tengo
Aquí viene el que no he resuelto, y prefiero contarlo en presente porque es como está.
Cuando una empresa me gusta, tiendo a prestar atención a quienes están posicionados en el mismo lado que yo. Sin proponérmelo. Leo con más atención al que confirma mi tesis que al que la ataca, y encima muchas veces no sé ni quién es esa persona ni qué conocimiento tiene detrás. Es un usuario con un avatar que dice lo que yo quiero oír.
Las redes sociales están construidas para amplificar exactamente esto. El algoritmo aprende qué te gusta leer y te da más de lo mismo. Sigues a los que opinan como tú, y a los seis meses tu línea de tiempo es una cámara de eco perfectamente afinada en la que cualquier tesis tuya parece consenso mundial.
Conviene distinguir esto de un error parecido pero distinto que ya conté en mis errores invirtiendo: allí compré con la convicción de otro, sin tesis propia. Aquí es casi lo contrario, y bastante más sutil: la tesis es mía, y salgo a buscar quién me la firme. El primero se corrige con una regla, no comprar lo que no entiendes. El segundo no se corrige, se vigila.
Lo único que hago al respecto es tener presente que me pasa. Cuando me descubro muy cómodo con una idea, intento buscar el argumento en contra mejor construido que exista, no el más fácil de rebatir. No siempre lo hago. Pero al menos sé que debería.
Anclaje: vendí mi propia subida por una prima ridícula
El anclaje es fijarte en un número, casi siempre arbitrario, y usarlo de referencia para todo lo que decides después. El precio al que compraste. El máximo que marcó la acción. El precio al que crees que «tendría que estar».
Mi versión más cara de este sesgo fue vendiendo opciones call cubiertas. La mecánica, resumida: tienes una acción, vendes a otro el derecho a comprártela a un precio determinado antes de una fecha, y a cambio cobras una prima. Si la acción no llega a ese precio, te quedas la prima y la acción. Si lo supera, te la quitan a ese precio.
Vendí calls sobre acciones que se dispararon justo después. Resultado: me vi obligado a vender muy por debajo del precio que alcanzó la acción, y a cambio me había llevado una prima pírrica. Vendí la subida entera de una empresa que me gustaba por el equivalente a unas monedas.
Y el sesgo estaba en el origen mismo de la operación: al elegir el precio de ejercicio, estaba decidiendo que por encima de cierto número la acción ya estaba cara. Ese número no salía de ninguna valoración. Salía de que me parecía mucho comparado con lo que había pagado yo. Es anclaje puro, disfrazado de prudencia y con una prima encima para que se sienta como algo inteligente.
La lección general: vender opciones sobre algo que quieres tener a largo plazo es aceptar dinero pequeño a cambio de renunciar a dinero grande. El conjunto de mi experiencia con derivados, incluida la parte cara, lo cuento en la sección de opciones de Cartera Activa.
Cómo me defiendo de mí mismo
Después de veinte años, mi conclusión es poco heroica: no se trata de vencer los sesgos, se trata de que no tengan ocasión de actuar. Y para eso hay que quitarse decisiones de encima, no ganarlas.
1. Indexación con aportaciones automáticas
Sin ninguna duda, la mejor defensa que existe contra ti mismo. No hay método que te proteja mejor. Y no porque la indexación sea mágica, sino por lo que elimina: si la aportación sale sola el día 1 de cada mes hacia un fondo global, no hay ningún momento del proceso en el que tu cerebro tenga ocasión de opinar.
No decides cuándo entrar, así que no puedes hacer market timing. No decides qué comprar, así que no puedes buscar confirmación. No hay operación, así que no hay FOMO. El sesgo necesita una decisión para manifestarse, y tú has eliminado la decisión. En rentabilidad esperada sale algo peor que invertir de golpe, y aun así es lo que le recomiendo a casi todo el mundo, porque la rentabilidad que cuenta es la que consigues, no la que sale en la hoja de cálculo.
2. Dejar madurar las ideas
Para la parte de la cartera en la que sí opero de forma activa: nunca compro el día en que decido que algo me gusta. Ya lo he contado arriba, pero es la regla que más veces me ha ahorrado dinero, y su valor está justo en lo aburrida que es.
3. Aceptar que hacer poco es una postura
Los movimientos en mi cartera son escasos. No me gusta el ajetreo. Y esto no es pereza disfrazada de estrategia: cada operación es una ocasión para que un sesgo entre en juego, así que operar poco reduce mecánicamente la superficie de exposición.
Hay una idea muy asentada, y muy falsa, de que un buen inversor es alguien que está encima del mercado todo el día. La actividad se siente como competencia profesional. En realidad es lo contrario: si tu tesis es a diez años, casi todo lo que hagas esta semana es ruido.
4. Tener las reglas escritas antes de necesitarlas
Las decisiones tomadas con el estómago revuelto son malas decisiones. Por eso mis reglas están escritas: no para consultarlas cada día, sino para que el día que el mercado caiga un 20% no tenga que inventarme qué hacer con el pulso a 120.
Preguntas interesantes
¿Se pueden eliminar los sesgos con conocimiento?
No. Yo me los sé todos y sigo teniendo al menos uno activo. Conocerlos sirve para reconocerlos a tiempo en algunos casos, no para dejar de tenerlos. Por eso funcionan mejor los sistemas automáticos que la fuerza de voluntad.
¿Cada cuánto debería mirar mi cartera?
Menos de lo que la miras. Si tu horizonte es de veinte años, una revisión trimestral es más que suficiente y una anual es perfectamente defendible. Mirarla a diario solo aumenta el número de veces que ves una pérdida temporal y sientes la tentación de hacer algo.
¿El análisis técnico sirve para algo?
Hay quien lo usa de forma sistemática y con gestión de riesgo, y eso es una disciplina en sí misma. Lo que yo hacía no era eso: era interpretar gráficos por intuición después de haber leído cuatro cosas sueltas. Si no puedes explicar por qué tu método debería funcionar, no tienes un método, tienes una superstición.
¿Vender calls cubiertas es mala idea siempre?
No siempre, pero tiene un coste que rara vez se explica: renuncias a la parte alta de la subida a cambio de una prima pequeña. Sobre una posición que quieres mantener diez años, esa renuncia puede ser enorme. Sobre algo de lo que te da igual salir, tiene bastante más sentido.
¿Cómo sé si estoy en una cámara de eco?
Pregúntate cuándo fue la última vez que leíste un argumento sólido en contra de tu mayor posición. Si no te viene ninguno a la cabeza, o los que recuerdas eran fáciles de rebatir, es que estás dentro.



